El Gobierno vendió su reforma tributaria como un ajuste heroico. Solo pagarían los más ricos, grandes empresas, patrimonios altos, petroleras y bancos. En el discurso, los estratos 1, 2 y 3 aparecían protegidos por un escudo moral. No se debía tocar al “pueblo raso”, solo a los privilegiados.
El problema es que la realidad económica no se escribe con hashtags sino con precios. Al examinar la traslación de los impuestos, el cuento épico de “que paguen los ricos” empieza a cambiar. Se transforma en algo familiar. Se convierte en una vieja conocida. Es siempre la misma historia: que paguen los de siempre.
El truco técnico: quién figura y quién paga
En el papel, la norma define un sujeto pasivo “legal”: una petrolera, una embotelladora, un banco o una gran empresa. En la vida real, esos actores difícilmente asumen todo el golpe. Lo que hacen es ajustar. Suben precios y recortan costos. Trasladan el impuesto a la cadena de producción, y finalmente, al consumidor.
A eso se le llama traslación del impuesto (en otras palabras, impuesto trasladado). Su resultado se estudia como incidencia: no quién aparece en el artículo de la ley. Sino quién ve reducido su ingreso real cuando el tributo se convierte en precio en la tienda, la bomba de gasolina o la factura de servicios. Esa diferencia entre el “sujeto legal” y el “pagador real” es lo que el discurso político suele omitir cuidadosamente.
Gasolina y canasta básica: el pobre sí usa combustible
Uno de los puntos más sensibles de la agenda reciente ha sido la mayor carga sobre combustibles: impuestos verdes, impuesto al carbono, posibles IVA sobre gasolina y diésel o ajustes en tarifas a productores. Todo se anunció envuelto en la bandera de la transición energética y con la idea de que el impacto recaería sobre los que tienen grandes carros y alto cilindraje.
La evidencia sobre movilidad muestra información interesante. Buena parte de los vehículos están en manos de hogares de estratos 1, 2 y 3. Esto es más notable con las motos. Cada incremento en combustibles eleva los costos del transporte público. También aumenta los precios de fletes y domicilios. Esto a su vez afecta el precio de alimentos y bienes básicos. Es decir: el impuesto que “nace” en la refinería termina llegando, multiplicado, al bolsillo del que compra media docena de huevos y un par de pasajes de bus.
“Impuestos saludables”: salud estadística, nevera vacía
Algo similar ocurre con los llamados impuestos saludables a bebidas azucaradas y ultra procesados. Sobre el papel, el objetivo es noble. Busca reducir el consumo de productos que aumentan el riesgo de diabetes, obesidad y enfermedades cardiovasculares. El diseño apunta a las grandes industrias, gravando según el contenido de azúcar, grasas y sodio. Pero la estructura real de gasto en los hogares pobres muestra que estos productos tienen un peso considerable. Son parte importante de su canasta de consumo. Esto se debe al precio y a la disponibilidad de gaseosas baratas, jugos de caja y snacks económicos. Cuando el impuesto se transfiere al precio final, los hogares de menores ingresos destinan más de su presupuesto. Así, terminan pagando esa “corrección de mercado”. Las empresas ajustan portafolios y mantienen márgenes.
La reforma se hundió, pero el traslado sigue vivo
Aquí entra el punto clave de este artículo: el Congreso acaba de hundir la reforma tributaria de Petro. Sin embargo, eso no borra el mecanismo que ya existe. Tampoco elimina la discusión de fondo sobre quién paga la cuenta. La reforma cayó. Sin embargo, la idea política permanece. El objetivo es seguir usando impuestos que «en teoría» se cobran a grandes actores. Se sabe que «en la práctica» se filtran a través de precios hacia el consumidor final. Además, buena parte de los impuestos que encarecen el costo de vida ya están vigentes. Estos incluyen IVA, gravámenes sobre combustibles, impuestos saludables, tasas ambientales y otros cargos al consumo. También se discuten de forma recurrente, con gobiernos de distintos colores. Es decir, aunque este proyecto en particular haya sido archivado, el problema estructural de un sistema que traslada cargas al ciudadano de a pie no desaparece con una votación en el Congreso.
El mito intacto: “no tocamos a los de abajo”
Tras el hundimiento, el Gobierno acusa a la oposición de bloquear recursos para programas sociales y reitera que su intención era hacer pagar a “los que más tienen”. Ese relato mantiene vivo el mito populista de que existe un paquete de impuestos que, mágicamente, no se filtra hacia abajo.
Sin embargo, todo lo que grave combustibles, consumo masivo, servicios o empaques termina incrustado en la estructura de costos que define el precio final. Y quienes destinan un porcentaje mayor de su ingreso a esos rubros son, justamente, los hogares de menores ingresos. El resultado es un sistema donde se promete justicia tributaria desde el atril, pero se practica recaudo regresivo en la caja registradora.
Cierre
Antes de que vuelva a aplaudir el próximo anuncio de “impuesto para millonarios”, hágase un favor. No celebre que “esta vez sí, el pueblo no paga un peso”. No se quede en el titular. Revise la tirilla. Mira cuánto sube la gasolina, el pasaje, la bolsa del mercado y hasta la gaseosa del almuerzo. Si cada reforma “contra los ricos” le deja a usted pagando más en la tienda, entonces ya entendió como funciona el truco. El discurso se cobra arriba. La factura, como siempre, termina con su nombre.
