Buenas tardes.
Aunque vivimos en la era más conectada de la historia, curiosamente si se cae WhatsApp, nadie sabe con quién hablar en la vida real. De hecho, antes nos saludábamos en la calle; hoy nos escribimos por chat desde la misma casa. La conversación cara a cara pasó de ser la norma, a convertirse en una especie de actividad extrema, recomendada solo para gente muy valiente.
A manera de experimento, en la próxima reunión social, mira alrededor un segundo, cuenta quienes llegaron acompañados, luego con cariño, revisa mentalmente cuántas veces el acompañante ha mirado el celular desde que empezó ese espacio. Tranquilos, la idea no es destruir relaciones, solo describirlas. El dato curioso es este: nunca habíamos tenido tantas formas de hablar y tan pocas ganas de mirarnos a los ojos. Hace algunos años, la vida social giraba alrededor de la plaza, la esquina, la cafetería del barrio, la sobremesa eterna en casa de la abuela. Hoy, todo eso se cambió por una versión digital: el inicio de Facebook, el feed de Instagram, el For You de TikTok, el timeline de X. La plaza del pueblo ahora es el scroll infinito: mismo chisme, mismo rumor, pero con stickers, emojis y filtros de perrito.

La conversación real era desordenada, imprevisible, nadie podía editar lo que acababa de decir. Hoy la conversación pasa por un filtro invisible, un algoritmo que decide qué vemos, cuándo nos indignamos y de qué nos reímos. Ya ni siquiera elegimos con quién hablamos, solo aceptamos lo que nos aparece en pantalla como si fuera una programación divina. Durante siglos, el prestigio se medía en reputación, palabra, coherencia, incluso en ese antiguo llamado “honor”. Ahora se mide en likes, seguidores, vistas y reacciones. La autoestima se volvió un contador público, actualizado en tiempo real. No es que alguien tenga baja autoestima, es que la última foto solo tuvo tres likes, de los cuales uno es la mamá, otro la tía y el tercero, un bot que vende criptomonedas.
Hay personas que ya no recuerdan cumpleaños, pero sí recuerdan cuántas reproducciones tuvo su último reel. Un abrazo no tiene notificación, una conversación sincera no deja registro. Lo que no deja rastro digital se percibe, casi, como menos real. Y así llegamos a esta escena cotidiana: dos personas sentadas en la misma mesa, cada una mirando su propio universo de seis pulgadas, si una guarda el celular y mira a la otra, se genera alarma: “¿Por qué me miras? ¿Qué hice? ¿Qué te debo?”. Llamar en lugar de escribir ya es un síntoma de emergencia, si alguien llama sin avisar, lo primero que se piensa es “¿qué pasó?”. Antes el gran miedo era la declaración amorosa, ese momento épico de “¿quieres salir conmigo?”. Hoy el verdadero terror es más silencioso, que te dejen en visto, Dos checks, ninguno azul, y la dignidad en suspenso. O peor, dos checks azules, sin respuesta. Eso ya no es comunicación, es terrorismo emocional. Mientras tanto, la intimidad hace las maletas.
Antes, los secretos se escribían en un diario bajo llave. Hoy, el equivalente del diario es una lista de Close Friends con cuarenta contactos y tres desconocidos. Sabemos más de la vida de un influencer de otro país que de nuestro propio hermano, que vive en la habitación de al lado. Si no se publica, casi que no cuenta, los viajes, las comidas, los bebés, las peleas, las reconciliaciones, todo parece exigir foto, filtro y caption profundo. Nos preocupaba la idea de un “Gran Hermano” que todo lo ve; la solución del siglo XXI fue simple, grabarnos solos, voluntariamente, desde todos los ángulos. Nadie pidió un reality show de nuestra vida, pero igual lo transmitimos, capítulo a capítulo, en historias de quince segundos. Y en medio de todo esto, las redes se nos volvieron una especie de religión moderna.
Cada plataforma es su templo; el algoritmo, ese dios caprichoso que nunca vemos, pero al que obedecemos sin discutir. La liturgia es el scrolleo diario, al levantarnos, antes de dormir, en el baño, en el semáforo, en la fila del banco. La recompensa llega en forma de pequeñas descargas de dopamina, likes, corazones, caritas. Antes uno decía: “que sea lo que Dios quiera”. Ahora, discretamente, la frase es, “que el algoritmo me muestre a más gente, por favor”. El pecado mortal es subir algo y que nadie lo vea; el purgatorio, revisar compulsivamente si ya alguien reaccionó; el infierno, descubrir que los únicos comentarios son de la familia. Y entonces, ¿qué hacemos? ¿Borramos todo y nos vamos a vivir a una montaña sin señal? Sería poético, pero poco práctico.
Las redes no son el villano perfecto: permiten trabajar, aprender, encontrarse con personas que jamás hubiéramos conocido. El problema empieza cuando dejan de acompañar la vida y empiezan a reemplazarla. Tal vez la rebeldía de esta época no sea cerrar las cuentas, sino recuperar el control. Pequeños actos de resistencia analógica: hablar primero con quien está presente y luego con los que están en el chat; poner el celular boca abajo en la mesa y ver si se sobrevive veinte minutos; tener momentos que no se graban, recuerdos que solo existen en la memoria de quienes estuvieron allí, no en un servidor en otro país. Al final, las redes nos han unido a millones de desconocidos, pero ninguna pantalla va a reemplazar una mirada, una risa compartida, un silencio cómodo entre dos personas que están, simplemente, ahí.
Quizás el acto más revolucionario hoy no sea publicar algo brillante, sino hacer algo muy antiguo y radical: escuchar a alguien sin mirar el celular. Y quién sabe, de tanto practicarlo, tal vez volvamos a descubrir que la vida, la de verdad, sigue ocurriendo fuera del modo avión, pero cara a cara.
