En Colombia ya no hace falta leer teoría política, basta con ver una alocución presidencial. Ahí está todo el manual comprimido. Un presidente que jura querer “desarrollar el capitalismo”, que se declara progresista, que se indigna como marxista de primer semestre y que diseña un Estado que haría sudar frío a Hayek y a cualquier liberal, incluso de los timoratos. Todo en una misma frase, o en un mismo decreto, lo que llegue primero.
El laboratorio Petro, del cambio al control
En menos de un período, el gobierno de Gustavo Petro decidió que el mejor lugar para hacer un experimento histórico era Colombia, total, qué podría salir mal. Reforma a la salud para que el Estado concentre la plata y decida a quién se la gira; reforma pensional para que el pilar público sea el rey y los privados queden de comparsa; intentos de reforma laboral, ajustes al régimen de servicios públicos y una batalla permanente por quién manda realmente en el país, si los alcaldes y gobernadores o la Casa de Nariño por control remoto.
Todo esto, envuelto en la etiqueta amable de “cambio” y en la promesa de que ahora sí habrá derechos, dignidad y justicia social. Y algo de eso sí hay. Pero el camino para lograrlo no es menor detalle: cuando las reformas avanzan a punta de pulsos con el Congreso, choques con las Cortes, presión sobre entes de control y decretos después de derrotas legislativas, lo que se está reescribiendo no es solo la política social, sino la arquitectura misma del poder. La pregunta, entonces, deja de ser “¿está bien o mal que el Estado tenga más presencia?” y pasa a ser otra, menos cómoda: ¿estamos construyendo un Estado social robusto o un aparato centralizado que se acostumbra a gobernar por encima de cualquier límite?
Marx, el capitalismo malo y el progresismo buena gente
En el relato presidencial hay un villano claro: el capitalismo fósil, financiero, rentista, ese que nos dejó como país minero, desigual y dependiente, siempre al servicio de otros. Ahí se asoma Marx, feliz, porque todo encaja con su idea de un sistema que explota trabajo y naturaleza mientras concentra la riqueza en pocas manos. Es un lenguaje potente: permite señalar culpables, nombrar clases, denunciar “oligarquías” y ponerle cara al enemigo. Pero cuando pasamos del discurso a los planos arquitectónicos del Estado, quien aparece no es Marx, sino el progresismo latinoamericano de toda la vida; gobiernos que no tumban el capitalismo, sino que se ofrecen como entrenadores personales para ponerlo a dieta. Más impuestos a los de arriba, más gasto social para los de abajo, Estado metido hasta el cuello en salud, pensiones, energía y subsidios, todo en nombre de la igualdad.

NoPetro encaja perfecto en ese molde. Él mismo lo dijo en su discurso de victoria: hay que “desarrollar el capitalismo en Colombia, no porque lo adoremos, sino porque primero hay que superar el feudalismo y los nuevos esclavismos”. Traducción: no vamos a acabar con el sistema, vamos a intentar que funcione medianamente decente, al menos para algo más que para el Excel de unos pocos. Para eso se concentra más poder fiscal, se crean fondos gigantes manejados desde Bogotá y se empuja un rediseño donde el Estado decide cada vez más cosas importantes de su vida; quién lo atiende, cómo se pensiona, qué tarifa paga, qué proyecto territorial se aprueba o se hunde. Es progresismo versión estadocéntrica: el Estado como súper papá. Amoroso, pero con el cinturón colgado en la pared, por si acaso.
Entra Hayek, con cara de “se los dije”
En la otra esquina del ring aparece Hayek, que nunca pisó Bogotá pero parece haber anticipado el libreto. Su obsesión era sencilla, cuando el Estado deja de ser árbitro y decide convertirse en planificador general, por muy hermosos que sean los fines, terminamos en lo que llamó el “camino de servidumbre”.
Hayek insistía en algo que suena antipático pero tiene mala costumbre de cumplirse; ningún burócrata puede saber mejor que millones de personas tomando decisiones a diario, qué se necesita, dónde, a qué precio y con qué prioridad. Ese conocimiento está disperso en la sociedad y se expresa, sobre todo, en precios y competencia. Cuando el Estado fija quién presta, cuánto cobra, cómo se organiza y quién accede (en salud, pensiones, servicios), sustituye esa inteligencia distribuida por la sabiduría concentrada de un ministerio o una agencia. Y ahí empiezan la ineficiencia, el racionamiento y, por supuesto, el clientelismo: si el que tiene la llave de todo es el gobierno, adivine a quién hay que caerle bien.
Aplicado a Colombia, Hayek vería en la estatización de la salud, en un pilar público pensional dominante y en la creciente manía regulatoria un patrón peligroso, los ciudadanos ya no negocian con múltiples actores, sino, en la práctica, con uno solo que controla la cancha, el balón y hasta el árbitro. Lo que el progresismo llama “derechos garantizados por el Estado”, Hayek lo leería como “dependencia garantizada del Estado”: si todo depende de él, él decide cuánto, cómo y a quién. Y ya sabemos cómo termina ese cuento en América Latina: el Estado empieza corrigiendo injusticias y, si nadie lo frena, termina corrigiendo también lo que usted puede decir, comprar, ahorrar, protestar o votar.
Progresismo, sí. ¿Contrapesos? veremos
Los estudios sobre gobiernos progresistas en la región vienen repitiendo hace años la misma advertencia; el combo de Estado social ampliado, líder carismático y control creciente de instituciones produce mejoras sociales, si, pero a costa de democracias cada vez más débiles. Venezuela, Ecuador y Bolivia ya hicieron ese curso intensivo: primero vino el discurso de los derechos y la refundación; luego, la captura de Cortes, Congresos, organismos de control y territorios. Después de eso, el pluralismo quedó de souvenir.
En Colombia la película no está terminada, pero el guion suena familiar. Cada vez que una reforma se traba en el Congreso, aparece la tentación del decreto. Cada vez que una Corte frena una jugada, se la acusa de impedir el cambio. Cada vez que un alcalde o gobernador se atreve a pensar distinto, se le recuerda desde el púlpito quién tiene el capital político “del pueblo”. No es solo más Estado; es un Estado que se acostumbra a ver cualquier límite como una traición. Progresismo con alergia a los contrapesos: una mezcla que no suele terminar bien.
El triángulo raro: Marx, Petro y Hayek compartiendo oficina
Al final, la gobernabilidad colombiana se juega en un triángulo bastante insólito:
1- Marx da el lenguaje para denunciar al capitalismo realmente existente: el fósil, el extractivista, el que convierte la vida y la naturaleza en mercancía barata. Hasta ahí, la crítica es útil y necesaria.
2- El progresismo latinoamericano aporta la caja de herramientas: más impuestos, más programas sociales, reestatización de sectores clave, Estado como gran redistribuidor que intenta domesticar al capital sin destruirlo.
3- Hayek se aparece como el aguafiestas que pregunta quién le va a poner límites a ese Estado cada vez más grande y más convencido de que sabe mejor que usted qué le conviene.
Petro mezcla los tres en un solo coctel: habla como marxista cuando golpea al capitalismo global, gobierna como progresista cuando expande el Estado social, y activa las alarmas hayekianas cuando su proyecto empieza a tratar a los contrapesos institucionales como obstáculos que hay que doblar, no como reglas del juego que hay que respetar.
La tesis, dicho sin latín ni notas al pie, es simple: el progresismo colombiano está intentando corregir un capitalismo torcido con un Estado cada vez más grande y más concentrado. Eso puede traer más derechos y más cobertura, pero si no acepta límites claros, puede terminar construyendo justo lo que decía combatir: un poder que decide por todos, todo el tiempo.
Y ahí es donde la discusión deja de ser ideológica y se vuelve íntima: ¿cuánta corrección de injusticias estamos dispuestos a aplaudir, a cambio de cuánta libertad para equivocarnos solos? Porque, al final, entre la plusvalía de Marx, el bienestar del progresismo y los fantasmas de Hayek, el que se juega la vida, la factura de la luz, la cita médica, y la pensión, es usted.
