Francia Márquez.Turismo diplomático en tiempos de emergencia

Colombia entra y sale de la palabra “crisis” como quien abre y cierra una puerta giratoria; desempleo de dos dígitos, un tercio del país en pobreza, hospitales quebrados, hueco fiscal en máximos de dos décadas. Y en medio de esa foto, el gobierno celebra con entusiasmo las giras de alto nivel por África, encabezadas por la vicepresidenta Francia Márquez, como si allí estuviera la llave del desarrollo. El contraste no es un detalle menor, es la esencia del debate.

Porque nadie discute que África tenga potencial. Es un continente joven, con economías que crecen por encima del promedio mundial, un mercado común en construcción y un peso político nada despreciable en los foros internacionales. El problema no es que Colombia mire hacia África; el problema es que se use esa mirada como coartada épica mientras el país arde por dentro.

Si uno baja del avión del discurso y se sienta en la silla incómoda de las cifras, la cosa se ve menos heroica. África representa hoy apenas una tajada muy pequeña del comercio exterior colombiano. Es un socio emergente, sí, pero marginal frente a Estados Unidos, la Unión Europea o algunos mercados asiáticos. En términos de PIB, de empleo o de recaudo, lo que llega de África a Colombia se parece más a un goteo que a una avalancha.

El gran relato para un mercado pequeño

Pese a eso, la gira se vende como si se hubiera descubierto el nuevo dorado. Se habla de “reconexión histórica”, “apertura de mercados”, “potencia mundial de la vida” y “alianzas Sur‑Sur”. Todo eso suena muy bien en un eslogan, pero choca frontalmente con la realidad de un vínculo económico que, por ahora, es mínimo. La brecha entre la grandilocuencia del relato y la modestia de los números es el terreno fértil donde florece la ironía.

Lo que sí dejaron los viajes

Para que la crítica no sea caricatura, hay que reconocer que no fue un paseo vacío. De esas visitas salieron acuerdos concretos, instrumentos de cooperación en comercio, educación y cultura, el aterrizaje de Ethiopian Airlines con rutas de carga que reducen tiempos y costos logísticos, programas como “Ella Exporta a África” para que un grupo de empresas, especialmente lideradas por mujeres, den el salto al mercado africano.

Son logros reales. El problema es la escala, estamos hablando de decenas de empresas beneficiadas, de nichos de exportación específicos, de una mejora logística importante pero acotada. Es perfecto para un informe de gestión o para un video institucional, es mucho menos convincente cuando se pretende presentar como palanca de cambio frente al desempleo masivo, la pobreza estructural o el colapso anunciado de la salud y las pensiones.

Dicho sin anestesia, Ethiopian puede ser buena noticia para ciertos exportadores, pero no salva la red hospitalaria, no tapa el hueco de las pensiones, no cambia el mapa de la informalidad ni hace que la pobreza deje de ser el lugar común de millones de colombianos.

El avión tan lleno como la olla tan raspada

En un país donde el discurso oficial repite que “la olla está raspada”, las imágenes de la vicepresidenta recorriendo África con comitivas numerosas, hoteles de protocolo y agendas apretadas son dinamita simbólica. La gente escucha que no hay plata para hospitales, para vías terciarias, para seguridad en regiones, pero sí hay para tanquear el avión presidencial al otro lado del Atlántico. No hace falta ser opositor para notar la disonancia.

Los defensores responden que todos los gobiernos viajan, que la diplomacia cuesta, que si no se sale a buscar mercados no habrá futuro. Y algo de razón tienen. El problema no es viajar, sino la proporción, cuánto se gasta, qué retornos tiene y, sobre todo, qué mensaje se envía cuando el país está sumido en una emergencia social y fiscal. En ese contexto, cada gira que se anuncia suena menos a estrategia de inserción global y más a turismo diplomático de alto octanaje.

Ahí es donde la sátira se escribe sola; el Estado que no puede garantizar una cita médica a tiempo sí garantiza millas, el gobierno que habla de austeridad responsable sí encuentra cómo financiar el combustible intercontinental, el mismo país que pide paciencia a los maestros, a los médicos y a los pensionados, se saca selfies en Nairobi.

Potencia mundial… de la escenografía

La apuesta por África encaja perfecto en el guion de una Colombia que se autoproclama “potencia mundial de la vida”, defensora de la bioeconomía y aliada del Sur Global. Sobre el papel, suena sofisticado, diversificar mercados, entrar a la gran zona de libre comercio africana, tejer alianzas Sur‑Sur, alejarnos del viejo esquema de centro y periferia. La pregunta es cuánta política pública hay detrás de ese guion y cuánta pura escenografía.

Hasta ahora, lo que se ve es un patrón, mucha épica discursiva, muchos anuncios de cooperación, muchas fotos y comunicados, frente a unos indicadores internos que apenas se mueven o incluso se deterioran. La pobreza sigue siendo masiva, el desempleo no baja al nivel prometido, la inseguridad se multiplica en regiones, el déficit fiscal se agranda y las reformas estructurales se empantanan. En ese escenario, cada nuevo viaje de alto perfil se lee menos como un acto de gobierno y más como un acto de publicidad.

Por eso el problema no es, en el fondo, África. Ni siquiera los acuerdos firmados allá. El problema es un gobierno que parece más preocupado por actuar que por gobernar, por acumular gestos que por resolver problemas, por salir bien en la foto global mientras la foto local se pixela cada vez más.

África puede y debe ser una apuesta de largo plazo, pero Colombia necesita antes algo mucho más pedestre, que quienes la gobiernan recuerden que, mientras miran al horizonte del Sur Global, hay un país que se está desangrando a sus pies. Y que ningún vuelo, por más estratégico que sea, justifica olvidarse de aterrizar.

Publicado por Guillermo Saa M

Soy una neurona que se negó a morirse de aburrimiento en Colombia y ahora escribe columnas para documentar la decadencia con sarcasmo, datos y mala leche bien administrada

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