Rodrigo apaga la cámara de la videollamada con satisfacción. Acaba de terminar su participación en el foro virtual «Descolonizar el Pensamiento Latinoamericano: Resistencia ante la Hegemonía Imperial». Su intervención fue contundente: quince minutos demoliendo la penetración cultural estadounidense, el consumismo como arma de dominación, la homogeneización de identidades impuesta por las corporaciones transnacionales.
Cierra su MacBook Pro (modelo 2023, el anterior ya estaba lento) y revisa la hora en su Apple Watch. Perfecto. Tiene tiempo de pasar por Starbucks antes de la siguiente reunión. Mientras camina las dos cuadras que lo separan de su salvación cafetera matutina, revisa Twitter en su iPhone 15. Retwittea con furia un hilo sobre cómo Netflix está destruyendo el cine latinoamericano. Agrega su comentario: «El imperialismo cultural es la colonización del siglo XXI». Le da enviar y guarda el teléfono.
La fila en Starbucks se mueve lenta. Rodrigo aprovecha para responder mensajes en WhatsApp. El grupo «Frente Anti-Imperialista» está indignado: acaban de anunciar la apertura de otro McDonald’s en el barrio. «Invasión cultural», escribe alguien. «Genocidio gastronómico», añade otro. Rodrigo pone un emoji de puño en alto.
-¿Qué va a ordenar? —pregunta la barista.
-Un Venti Caramel Macchiato, leche de almendras, doble shot, sin azúcar pero con dos pumps de vainilla. Y un cake pop.
-¿Nombre?
-Rodrigo. Con g.

Mientras espera su pedido, hojea el ejemplar de «El Capital» que lleva en su mochila North Face. Lo compró en Amazon hace tres semanas (envío gratis con Prime, llegó en dos días). Todavía no ha pasado del prólogo, pero la portada se ve bien en las fotos de Instagram.
-¡Venti Caramel Macchiato para Rodrigo!
Recoge su bebida, le toma una foto rápida para sus historias de Instagram (filtro Valencia, por supuesto), y busca mesa. Se sienta junto a la ventana, saca su laptop nuevamente y abre el documento de su próxima columna: «Starbucks: El Símbolo de la Esclavitud Moderna». Lleva dos párrafos cuando le llega una notificación. Su hermana desde Miami: «¿Ya compraste el vuelo para diciembre? Las ofertas del Black Friday están buenísimas». Rodrigo frunce el ceño. Detesta el Black Friday. Es la máxima expresión del consumismo desenfrenado, la obscenidad capitalista llevada a su punto más vil. Pero los vuelos a Miami están a mitad de precio…»Miro y te confirmo», responde.
Vuelve a su columna. Escribe con pasión sobre cómo Starbucks representa la estandarización del gusto, la muerte de la café cultura local, la imposición de un modelo de consumo que erradica las identidades…Su teléfono vibra. Notificación de Spotify: «Tu playlist ‘Resistencia Latina’ tiene nuevas recomendaciones». Le da play. Calle 13, Ana Tijoux, un poco de Silvio Rodríguez para mantener la credibilidad revolucionaria. Perfecto para escribir.
Dos horas después, Rodrigo lee su columna completa. Está orgulloso. Es mordaz, es crítica, es necesaria. Denuncia cómo las corporaciones estadounidenses colonizan nuestros espacios, nuestros gustos, nuestra forma de relacionarnos.
Le da al botón de enviar. El editor responderá pronto.
Se estira en su silla de Starbucks. Ha sido una mañana productiva. Revisa su lista de pendientes en su app de notas (sincronizada en la nube de Apple, por supuesto):
✅ Foro anti-imperialista
✅ Columna sobre Starbucks
⬜ Buscar vuelos a Miami
⬜ Renovar suscripción de Netflix
⬜ Comprar nuevo cargador para iPhone
Recoge sus cosas y sale a la calle. Antes de irse, le toma una foto al logo verde de la sirena en la puerta. La sube a Twitter con el texto: «Otro día resistiendo en territorio enemigo, #AbajoElImperio». Camina hacia su carro (un Toyota, pero ensamblado en Brasil, eso cuenta como resistencia), sube el volumen de Spotify y maneja de regreso a casa. En su mente ya está planeando su próxima columna: «Amazon y la Esclavitud Logística del Siglo XXI». La investigará esta noche, después del nuevo capítulo de esa serie coreana que todos están viendo en Netflix.
Primero lo primero: necesita parar en el supermercado. Se le acabó la leche de almendras para el café de mañana. La marca gringa es más cara, pero es la única que no se corta.
FIN
