Por tres años hemos escuchado la sinfonía progresista sobre las Fuerzas Armadas colombianas. Una melodía conocida: institución sospechosa, heredera del oscurantismo uribista, responsable colectiva de falsos positivos, estructura que debe ser reformada, humanizada, civilizada. El militarismo como enfermedad terminal de la democracia colombiana.
Pero resulta que el presidente de Estados Unidos dice algo sobre usar la fuerza militar en Colombia, y de repente, como por arte de magia ideológica, esas mismas Fuerzas Armadas se transformaron en el bastión inquebrantable de nuestra soberanía nacional.
La canciller Villavicencio, con la solemnidad de quien descubre el agua tibia, nos recuerda que Colombia tiene unas Fuerzas Armadas «preparadas y dispuestas» a defender la patria. Qué maravilla. Qué epifanía. Las mismas Fuerzas Armadas que durante tres años han sido sistemáticamente cuestionadas, deslegitimadas y desmoralizadas, ahora resultan ser nuestro escudo protector contra el imperialismo.

Amnesia selectiva como método de gobierno
Hagamos un breve repaso de la relación del gobierno Petro con las Fuerzas Militares, solo para refrescar la memoria:
Se ha cuestionado públicamente la legitimidad de operaciones militares históricas. Se ha promovido una narrativa donde el Ejército es más problema que solución. Se han impulsado reformas que debilitan la capacidad operativa. El presupuesto de defensa ha sido recortado mientras se infla la burocracia de la paz. Se ha generado una tensión permanente con la cúpula militar, obligándola a caminar en la cuerda floja entre la subordinación institucional y la dignidad profesional.
La doctrina oficial ha sido clara: el diálogo es superior a la fuerza, la «paz total» reemplaza la estrategia de seguridad, el militarismo es un rezago del pasado que debemos superar. Los uniformados han sido invitados cortésmente a sentarse en la banca mientras los «gestores de paz» resuelven el conflicto con abrazos y buenas intenciones.
Pero ahora, resulta que necesitamos urgentemente recordarle al mundo que Colombia tiene Fuerzas Armadas. Poderosas. Preparadas. Dispuestas.
El patriotismo tercerizado
Hay algo profundamente cínico en invocar la capacidad militar cuando se ha pasado tres años debilitándola. Es como maltratar a un perro durante años y luego, cuando aparece un ladrón, gritarle: «¡Defiéndenos, que para eso te alimentamos!»
¿Con qué autoridad moral se invoca ahora a una institución que ha sido constantemente puesta bajo sospecha? ¿Cómo se espera que respondan con entusiasmo patriótico unos militares a quienes se les ha dicho, directa o indirectamente, que su función histórica fue más criminal que heroica?
La respuesta es simple: cuando conviene para el relato político, cualquier contradicción es perdonable. El antimilitarismo progresista es negociable cuando hay que agitar la bandera contra Trump. Las convicciones ideológicas tienen la flexibilidad del junco cuando sopla el viento de la oportunidad política.
La soberanía como utilería
Lo más revelador de todo este episodio no es la hipocresía puntual, sino lo que revela sobre el concepto mismo de soberanía que maneja este gobierno. La soberanía, parece ser, no un principio sino una herramienta. Se invoca cuando el agresor externo tiene apellido republicano y acento estadounidense. Se guarda silenciosamente en el cajón cuando las injerencias vienen de Caracas, La Habana o Moscú.
Durante tres años no hubo grandes aspavientos soberanistas cuando Venezuela interfería abiertamente en asuntos internos colombianos. No hubo indignación cuando el ELN negociaba desde territorio venezolano. No hubo discursos encendidos sobre la dignidad nacional cuando Maduro opinaba cómodamente sobre política colombiana.
El precio de la incoherencia
Esta gimnasia ideológica tiene costos reales. El primero es la pérdida total de credibilidad. Cuando todo es relativo, cuando los principios se activan y desactivan según la conveniencia política, la ciudadanía deja de creer en cualquier cosa que diga el gobierno.
El segundo costo lo pagan las Fuerzas Armadas mismas. Son utilizadas como utilería discursiva, invocadas cuando conviene, cuestionadas cuando estorban. Esa instrumentalización mina la moral institucional y debilita genuinamente la capacidad defensiva del país.
El tercer costo es estratégico. Deteriorar la relación con Estados Unidos por posicionamiento ideológico, mientras se mantiene dependencia económica total, no es valentía antiimperialista. Es irresponsabilidad disfrazada de dignidad.
Epílogo para un circo
Al final, queda la sensación de estar presenciando un performance político más que una defensa genuina de principios. La soberanía se defiende con tweets, las Fuerzas Armadas se invocan para comunicados de prensa, y el antiimperialismo se practica con la billetera en dólares y las exportaciones rumbo al norte.
Mientras tanto, los militares colombianos deben preguntarse si son los villanos de la historia o los héroes de la patria. Pero tranquilos: no necesitan responder. El gobierno les dirá qué son, dependiendo de lo que convenga cada semana.
Bienvenidos a Colombia, donde las convicciones son tan firmes como un suflé y tan consistentes como el clima tropical. Aquí la única constante es la incoherencia, y el único principio inquebrantable es la supervivencia política.
Las Fuerzas Armadas, seguramente, agradecen el súbito afecto. Aunque probablemente prefieran la coherencia al cariño oportunista.
