Cómo Petro Convirtió su Currículum de Mensajero Clandestino en Leyenda Revolucionaria?
Hay algo profundamente cómico en ver a alguien inflar su currículum, pero cuando ese alguien es el Presidente de la República y el currículum inflado es nada menos que su experiencia «de guerra», la comedia se convierte en farsa nacional. Gustavo Petro ha encontrado en su pasado con el M-19 una mina de oro retórica que explota cada vez que necesita proyectar autoridad, especialmente en temas de seguridad y conflicto. El problema es que entre lo que vende en tarima y lo que realmente hizo hay una distancia similar a la que existe entre ver películas de guerra en Netflix y estar en las trincheras de Normandía.
CURRÍCULUM REVOLUCIONARIO (Sección: Experiencia Militar)
Cargo: Militante Clandestino del M-19
Nombre en Combate: Aureliano (sí, como el personaje de García Márquez, porque hasta para la clandestinidad hay que ser literario)
Período: 1978-1985
Responsabilidades principales:
Repartir comunicados puerta a puerta en Zipaquirá (alrededor de las 11 PM, hora pico de insurgencia).
Dar la vuelta a la manzana antes de llegar a las reuniones para asegurarse de que no lo siguieran (técnica avanzada de contrainteligencia aprendida de los Tupamaros).
Ayudar a construir caletas para esconder armas que otros robaban (Operación Ballena Azul, 1979)
Leer documentos revolucionarios en casa de su enlace mientras miraba a las hijas «bellísimas» del mismo (según sus propias memorias).
Estudiar Economía en la Universidad Externado mientras era concejal de día y revolucionario de noche.
Experiencia en Combate Directo: No aplica
Operaciones Militares de Alto Impacto: Ninguna (estuvo preso durante la Toma del Palacio de Justicia)
Heridas de Guerra: No reportadas
Disparos Realizados: [Esta sección está en blanco]
LA RETÓRICA DEL GUERRERO URBANO
Pero escuchemos al Presidente en sus propias palabras, pronunciadas apenas hace unos días en medio de las tensiones internacionales: «Yo sé de la guerra, entonces, viví una parte en eso hace mucho». Ajá. «Viví una parte en eso». Qué interesante eufemismo. Es como si yo dijera «sé de cirugía cerebral» porque una vez vi una operación en YouTube y ayudé a mi tío a poner una curita.
Y la cosa se pone mejor: «Aunque no he sido militar sé de la guerra y la clandestinidad. Juré no tocar una arma más desde el Pacto de paz de 1989, pero por la Patria tomaré de nuevo las armas que no quiero».
Detengámonos aquí un momento. «Tocar una arma más» implica que alguna vez las tocó en contexto de combate, ¿no? Porque yo toco armas cada vez que voy a un museo militar y no por eso me considero veterano de guerra. La evidencia histórica sugiere que Petro nunca estuvo en un frente de combate. Su rol en el M-19 fue urbano, de apoyo logístico, de inteligencia básica. Fue, para ponerlo en términos menos heroicos, el tipo que hacía las tareas administrativas de la revolución mientras otros se la jugaban en serio.
EL M-19: GUERRILLA URBANA VS. GUERRILLA DE VERDAD
Entiéndase bien: el M-19 sí fue una guerrilla real. Hicieron operaciones de alto impacto, tuvieron combates, murieron y mataron. La Toma del Palacio de Justicia fue una tragedia que costó más de 100 vidas. Pero dentro de cualquier organización armada hay roles diferentes. Están los que combaten en las montañas y están los que distribuyen propaganda en las ciudades. Están los comandantes en el frente y están los enlaces urbanos. Todos son necesarios, pero no todos pueden luego decir «yo sé de la guerra» con la misma legitimidad.
Petro militó en la rama urbana, la menos expuesta al combate directo. Y ni siquiera en operaciones de alto riesgo. Según los registros históricos y sus propias memorias, su participación más significativa fue ayudar a construir un escondite para las armas robadas del Cantón Norte en 1979. Importante, sí. ¿Experiencia de combate? No.
El hombre estuvo preso cuando ocurrió la Toma del Palacio de Justicia, el evento más violento del M-19. ColombiaCheck ha desmentido repetidamente cualquier vinculación de Petro con ese episodio, no porque lo esté defendiendo, sino porque simplemente estaba en la cárcel. Es difícil tener «experiencia de guerra» desde una celda.
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO
Entonces, ¿qué está pasando aquí? Simple: Petro necesita esa credencial revolucionaria para competir en el mercado simbólico de la izquierda latinoamericana. En ese mundo, hay una jerarquía implícita: los que tomaron las armas «de verdad» están en la cima del prestigio revolucionario. Petro estuvo en una organización armada, sí, pero en un rol que no le da el capital político que necesita. Entonces, ¿qué hace? Infla el currículum.
Cada vez que dice «yo sé de la guerra», está equiparando su experiencia de militante urbano repartidor de volantes con la de un combatiente real. Es como si un contador de una empresa militar se presentara como «experto en operaciones de combate». Técnicamente trabajó en la industria, pero la experiencia es radicalmente distinta.
Y funciona. Funciona porque la mayoría de la gente no conoce los detalles. Escuchan «M-19» y piensan en guerrilla, en combate, en revolución armada. No piensan en un estudiante de Economía que de día era concejal en Zipaquirá y de noche repartía comunicados. La ambigüedad le sirve perfectamente.
EL GUERRERO DE TWITTER
Lo verdaderamente irónico es que ahora, como Presidente y Comandante Supremo de las Fuerzas Militares, Petro da órdenes a generales que tienen décadas de experiencia real en combate. Generales que sí han estado bajo fuego, que han perdido hombres bajo su mando, que conocen la guerra no desde la teoría o la clandestinidad urbana, sino desde las montañas, las selvas, los enfrentamientos reales.
¿Se imaginan la escena? Petro explicándole tácticas de guerra a un general con 40 años de carrera militar, citando su «experiencia» de haber dado la vuelta a la manzana para no ser seguido en Zipaquirá en 1979. «Verá, General, yo sé de la guerra. Una vez ayudé a construir una caleta y repartí volantes a las 11 de la noche. Créame, conozco el combate».
Y no contentos con eso, ahora tenemos las amenazas de «volver a tomar las armas» en contextos internacionales. Es el síndrome del guerrero de WhatsApp elevado a nivel presidencial: la guerra desde la retórica, el combate desde Twitter, la resistencia armada desde la tarima con micrófono y escoltas.
LA VERDAD INCÓMODA

Miren, no hay nada de malo en haber sido un militante urbano de apoyo logístico. Es un rol necesario en cualquier organización clandestina. El problema es la inflación sistemática de esa experiencia para construir una narrativa heroica que no corresponde con los hechos.
Petro fue parte del M-19, eso es innegable. Arriesgó su libertad (estuvo preso año y medio), tuvo una vida clandestina, participó en una organización ilegal. Todo eso es cierto. Pero de ahí a presentarse como alguien que «sabe de la guerra» hay un abismo de diferencia.
Es la versión política del tipo que fue al gimnasio dos veces hace diez años y ahora da consejos de fitness en redes sociales. Técnicamente estuvo en un gimnasio, pero la experiencia es tan limitada que resulta ridículo presentarse como experto.
LA VOZ DE QUIENES SÍ ESTUVIERON AHÍ
Pero no me crean a mí. Escuchemos a quienes realmente estuvieron en la dirección del M-19, no en comités de simpatizantes repartiendo comunicados en Zipaquirá.
Everth Bustamante, exdirigente del M-19 y miembro de la Dirección Nacional del movimiento, ha sido brutalmente claro sobre el rol de Petro: «Él no tuvo ninguna importancia en la historia del M-19; no hay un solo documento, una sola discusión o un solo aporte».
Lean eso de nuevo. No hay UN SOLO documento, UNA SOLA discusión, UN SOLO aporte. Esto no lo dice un detractor cualquiera, lo dice alguien que estuvo en la estructura de mando del M-19, alguien que sí tiene autoridad para hablar del tema.
Bustamante fue más allá en entrevistas recientes con Semana y Blu Radio: «Petro nunca perteneció al ala militar y su papel se limitó a ser parte de un comité de simpatizantes». Y agregó un detalle revelador: «Cuando se realizó la operación del Cantón Norte, él salió corriendo. No volvió».
Ahí está, según palabras textuales de quien fue miembro de la Dirección Nacional del M-19. Cuando llegó el momento de riesgo real, el hoy presidente aparentemente optó por la retirada estratégica. Pero ahora, décadas después, amenaza con «volver a tomar las armas» desde la comodidad de Casa de Nariño con esquema de seguridad presidencial protegiéndolo.
Bustamante también desmintió que Petro haya conocido a Jaime Bateman, el fundador del M-19: «Jaime Bateman murió en un accidente aéreo en Panamá en abril de 1983. Petro era personero de Zipaquirá. Sin embargo, Petro ha afirmado públicamente que conoció a Bateman. La contradicción entre ambas versiones construye dudas sobre la narrativa oficial del currículum revolucionario.
Y la estocada final de Bustamante sobre la militancia de Petro: «No fue de significación y tardíamente, quiere replicar ciertos episodios del M-19, es una actitud nostálgica frente a lo que fue el grupo armado porque él no vivió a lo largo de los 16 años de existencia de ese grupo, no se compenetró con su pensamiento«.
Para que quede claro: según Bustamante, el tipo que ahora se presenta como conocedor de la guerra fue un simpatizante tardío, sin importancia histórica en el movimiento, que se retiró cuando las cosas se pusieron serias. Pero esa verdad no vende. No construye autoridad. No impresiona a nadie.
Incluso Antonio Navarro Wolff, quien fue comandante del M-19 y perdió una pierna en combate (él sí sabe de guerra), ha tenido que desmentir a Petro públicamente. Cuando Petro afirmó que fue parte de la Asamblea Constituyente de 1991, Navarro lo corrigió: «Gustavo no fue miembro de la Asamblea Constituyente. Puede haber asistido a sesiones, pero no como miembro de ese cuerpo constituyente».
¿Captan el patrón? Petro se cuela en la historia donde puede, infla su participación, y cuenta con que la gente no verificará los hechos.
EL PELIGRO DE LA RETÓRICA INFLADA
Y aquí viene lo serio detrás de toda esta sátira: cuando un Presidente infla su experiencia militar, cuando se presenta como conocedor de la guerra sin tener las credenciales reales, está jugando con fuego. Porque esa retórica inflada lo lleva a tomar decisiones de seguridad nacional basadas en una autopercepción distorsionada de su expertise.
Un líder que realmente conoce la guerra desde las trincheras sabe el costo humano, la complejidad operacional, los riesgos de escalada. Un líder cuya experiencia «de guerra» se limita a activismo urbano clandestino puede caer en la tentación de la retórica belicista sin entender las consecuencias reales.
Cuando Petro dice «ordené bombardeos» o amenaza con «volver a las armas», ¿lo hace desde un conocimiento profundo de las implicaciones operacionales y humanas, o desde una narrativa inflada de su propio pasado revolucionario? La pregunta no es trivial cuando hay vidas de soldados y civiles en juego.
CONCLUSIÓN: LA DISTANCIA ENTRE RETÓRICA Y REALIDAD
Al final del día, Gustavo Petro no es el primer político en inflar su currículum, ni será el último. Pero hay algo particularmente perverso en inflar específicamente la experiencia militar y de guerra, porque esa inflación no solo construye un mito personal, sino que puede influir en decisiones que cuestan vidas.
La distancia entre la retórica y la realidad en el caso de Petro no es un simple detalle biográfico. Es la diferencia entre un activista urbano que repartió volantes y un guerrero con experiencia de combate. Es la diferencia entre alguien que, según Bustamante, optó por retirarse cuando llegó la hora de la verdad y alguien como Navarro Wolff que perdió una pierna en combate real.
Es la diferencia entre poder hablar de guerra con conocimiento de causa y hablar de guerra desde lo que parece ser una narrativa inflada de un currículum revolucionario construido con ambigüedades estratégicas, omisiones convenientes y, según varios de sus excompañeros, exageraciones significativas.
Cuando Petro dice «yo sé de la guerra», lo que realmente debería decir es «yo sé de repartir volantes clandestinamente en Zipaquirá mientras era concejal». Pero eso no suena tan épico, ¿verdad? No construye la imagen del líder revolucionario transformado en estadista. No le da autoridad para dar órdenes militares a generales que han pasado 40 años en combate real.
El problema es que esta ficción tiene consecuencias. Cuando un Presidente que nunca estuvo en combate se cree su propia narrativa de «guerrero experimentado», toma decisiones de seguridad nacional desde una autopercepción distorsionada. Da órdenes militares desde una autoridad moral inflada. Amenaza con «volver a las armas» que en realidad nunca tomó en serio.
Y lo más grave: descalifica y deslegitima a quienes realmente conocen la guerra, a quienes sí tienen las cicatrices, las medallas y sobre todo, la humildad que da haber visto de cerca el horror del combate.
Así que la próxima vez que escuchen a Petro hablar de su «experiencia de guerra», recuerden lo que dicen quienes realmente estuvieron en la dirección del M-19: fue un militante urbano de apoyo, sin importancia histórica en el movimiento, que según Bustamante se retiró cuando las operaciones se pusieron serias. Todo lo demás es construcción narrativa, marketing revolucionario.
Y el marketing, por más épico que suene, no detiene balas ni gana guerras. Pero sí puede engañar votantes.
La Neurona Solitaria no descansa.
