El 3 de enero de 2026 será recordado como el día en que Caracas amaneció con menos bombas que las redes sociales colombianas. Mientras helicópteros estadounidenses sacaban a Nicolás Maduro esposado de su residencia como quien extrae un quiste infectado, en Colombia se desató el espectáculo del año: el Gran Vals del Coyoteo Electoral. Porque seamos honestos, cuando Trump ordenó la incursión militar que terminó con Maduro camino a una celda en Nueva York, en Bogotá se cayeron más máscaras que en Caracas bases militares. Y nadie, absolutamente nadie, salió bien librado de esta prueba de sinceridad involuntaria.
Los abrazos que apestan a naftalina
Iván Cepeda, el eterno candidato presidencial del Pacto Histórico, debe estar más incómodo que Maduro en el traje deportivo con el que lo capturaron. Sus redes sociales quedaron convertidas en un mausoleo digital de su relación con el chavismo. Ese mensaje de 2013 donde declaraba que Maduro era un «digno sucesor de Hugo Chávez» que trabajaría «por la Paz en Colombia» no solo envejeció como leche, sino que ahora circula en redes como certificado de coyoteo. El senador respondió al ataque estadounidense con una retórica que habría enorgullecido a cualquier cronista de Telesur. Calificó la captura como una «grave y abierta agresión militar contra una nación soberana» y advirtió que «cualquier presidente elegido puede ser atacado». Lo curioso es que Cepeda no parecía tan preocupado por la soberanía venezolana cuando Maduro manipulaba elecciones, encarcelaba opositores y convertía su país en una fábrica de refugiados. Pero claro, la selectiva indignación es el deporte favorito de la izquierda progresista.
Roy Barreras, ese maestro del volantín político que alguna vez fue uribista, luego santista, después petrista y ahora aspirante presidencial independiente, encontró la fórmula perfecta del «rechazo técnico». Su mensaje sobre el ataque que «destruye bases militares» pero también «destruye el derecho internacional» es un monumento a la equidistancia calculada. Barreras advirtió sobre «una nueva oleada de refugiados venezolanos» y los «efectos indeseables sobre nuestra propia estabilidad democrática», como si Colombia no hubiera recibido ya más de tres millones de venezolanos huyendo precisamente del hombre que ahora defiende con geometría verbal. Porque ese es el verdadero talento de la izquierda y centro-izquierda colombiana: condenar el método sin condenar el crimen. Es como lamentarse de que los bomberos mojaran la alfombra mientras sacaban a la familia del incendio.
Petro y el arte de callar lo que grita
Y si hablamos de giros dialécticos, Gustavo Petro merece medalla olímpica. El que alguna vez restableció relaciones con Venezuela con pompa de estadista, pasó días compartiendo mensajes ajenos en redes sociales como adolescente sin opinión propia. Llamó al ataque un «secuestro», convocó al Consejo de Seguridad de la ONU y desplegó la Fuerza Pública en la frontera esperando «refugiados», pero se cuidó muy bien de mencionar por qué esos refugiados existen.
Su trino del 31 de julio de 2024, donde expresó «graves dudas» sobre las elecciones venezolanas, quedó como testimonio de su último destello de claridad moral antes de que el oportunismo volviera a hacer de las suyas. Porque reconocer el fraude de Maduro significaba admitir que su propio respaldo al chavismo había sido una apuesta perdedora. Y Petro prefirió el limbo de la ambigüedad.
Pero lo mejor vino cuando Trump lo amenazó directamente. El presidente estadounidense dijo que Petro «tiene fábricas de cocaína» y que debe «cuidar su trasero». La respuesta de Petro fue un ejercicio de victimización profesional: «Su castigo es tratarme falsamente de narcotraficante y de tener fábricas de cocaína». Nótese la ausencia de cualquier mención a Maduro, al dictador recién capturado, al amigo que ya no conviene defender en público. El petrismo descubrió tardíamente que abrazar dictadores tiene fecha de vencimiento. Y esa fecha llegó cuando un equipo de fuerzas especiales estadounidense entró a Caracas como quien entra a recoger una orden de Rappi.
La Centro-Izquierda sin brújula moral
Lo fascinante de esta crisis es cómo expuso la pobreza intelectual de la centro-izquierda colombiana. Durante años, sectores del progresismo nacional construyeron su identidad política en torno al antiimperialismo y la solidaridad latinoamericana. Maduro era el símbolo de la resistencia contra el gringo invasor.
Pero ahora que ese símbolo aparece esposado rumbo a una celda federal, la narrativa se desmorona. Porque defender a Maduro significa defender el fraude electoral, la represión brutal y el mayor éxodo migratorio en la historia de Hispanoamérica. Y eso ya no cuadra con el discurso progresista de derechos humanos y democracia participativa.
Entonces surge el plan B: condenar la intervención estadounidense sin pronunciarse sobre el criminal capturado. Es como si en medio del juicio a Pablo Escobar, alguien se quejara de que los agentes usaron demasiada fuerza para derrumbar la puerta. Técnicamente correcto, moralmente patético. María José Pizarro, otra de las figuras de la izquierda colombiana, optó por un silencio tan ensordecedor como revelador. A veces no hace falta hablar para quedar en evidencia.
El costo electoral del abrazo Chavista
Porque aquí está la médula del asunto: la captura de Maduro llega justo cuando Colombia entra en temporada electoral. Y el petrismo, junto con sus aliados de la centro-izquierda, descubrieron que ese abrazo fraternal con el chavismo ahora es lastre electoral. Las fotos con Hugo Chávez, los mensajes exaltando a Maduro, las defensas tibias del régimen venezolano, todo vuelve como bumerán. La derecha colombiana, que durante años denunció esos vínculos, hoy los expone como certificados de complicidad. Paloma Valencia no perdió tiempo en calificar a Cepeda y Petro como «cómplices» del régimen durante sus años de manipulación electoral. ¿Es simplismo? Quizá. ¿Es efectivo electoralmente? Ya lo creo.
Porque el votante colombiano promedio no distingue entre solidaridad Hispanoamericana y complicidad con dictadores. Lo que ve son políticos que defendieron a un hombre acusado de narcoterrorismo, que ahora viaja esposado hacia un tribunal en Manhattan. Y esa imagen vale más que mil discursos sobre soberanía y derecho internacional.
La reconfiguración que nadie pidió
La captura de Maduro no solo quitó una ficha del tablero geopolítico; desordenó las alianzas en Colombia como un niño revolviendo un rompecabezas. El petrismo debe decidir si defiende su historial chavista o lo abandona como marinero que deserta del barco hundiéndose. La centro-izquierda enfrenta su propia crisis de identidad: ¿solidaridad ideológica o pragmatismo electoral?
Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico, carga ahora con el peso de años de fotos, abrazos y declaraciones públicas defendiendo lo indefendible. Roy Barreras busca reinventarse como la alternativa «sensata» de la izquierda, pero su historial político está tan manchado como el de cualquiera. Y Petro, desde la Casa de Nariño, contempla cómo su proyecto político se desangra por una herida autoinfligida llamada «solidaridad bolivariana». Mientras tanto, la derecha celebra porque finalmente tienen la munición electoral que esperaban: la izquierda colombiana defendió a un narcodictador hasta que fue demasiado tarde para negarlo.
Epílogo de un Vals grotesco
El 3 de enero rompió el cristal, y ahora los políticos colombianos están recogiendo los pedazos para ver cuál brilla más bajo la luz de las urnas. En el vals del coyoteo, nadie busca salvar al país; todos están buscando quién les paga la entrada al banquete electoral. Al final, la verdadera enseñanza de este episodio no es sobre Venezuela, Trump o el derecho internacional. Es sobre la deshonestidad intelectual de una clase política que subordinó la verdad a la ideología, la moral a la conveniencia y los principios al cálculo electoral.
Maduro construyó su dictadura sobre un cementerio de libertades y un éxodo de millones. Durante años, sectores de la izquierda colombiana minimizaron esos crímenes porque reconocerlos significaba admitir que habían apostado al caballo equivocado. Ahora que el caballo está esposado camino a una celda federal, esos mismos sectores se rasgan las vestiduras hablando de soberanía. La captura de Maduro no cambió hasta ahora la naturaleza del régimen venezolano; solo expuso quiénes estaban dispuestos a tolerarlo. Y en Colombia, esa lista es larga, incómoda y estará presente en cada debate electoral hasta 2026. Porque en política, como en la vida, puedes fingir muchas cosas. Pero cuando llega el día de la verdad, las fotos no mienten, los trinos no se borran y los abrazos quedan grabados para la posteridad.
Maduro viaja hacia su juicio. Sus cómplices políticos en Colombia ahora deben enfrentar el suyo en las urnas. Y algo me dice que ningún discurso sobre derecho internacional va a salvarlos de esa sentencia.
