Una mirada arendtiana al naufragio del debate público colombiano
Hannah Arendt, filósofa alemana del siglo XX, decía en La Condición Humana que «la acción y el discurso son los modos en que los seres humanos se manifiestan unos a otros, no como meros objetos físicos, sino qua hombres». Traducido del academicismo: para Arendt, hablamos y actuamos políticamente para mostrarnos como personas únicas frente a otros. En la Colombia de 2025, esa manifestación mutó en algo que la filósofa jamás imaginó: políticos que ya no se manifiestan ante otros seres humanos, sino ante algoritmos diseñados para monetizar la indignación.
Y no, no voy a romantizar un pasado dorado que nunca existió. El debate público colombiano siempre tuvo sus patologías; cuando tres familias controlaban los medios tradicionales, cuando el Frente Nacional se turnaba el poder como en un club privado, cuando los políticos decían una cosa en los foros y otra completamente distinta en los pasillos del Congreso. Pero hay una diferencia cualitativa entre aquellas deformaciones y lo que presenciamos hoy: la destrucción deliberada del espacio donde es posible siquiera intentar un debate.
Tomemos un ejemplo concreto y reciente. El 26 de enero de 2025, a las 2:37 AM, el presidente Petro respondió a las críticas sobre su manejo de la crisis de deportaciones con Estados Unidos con este trino: «Los que hoy lloran por ‘nuestra imagen internacional’ son los mismos que aplaudían cuando Uribe entregaba colombianos a cárceles gringas. Lacayos ayer, lacayos hoy». Para las 9 AM, el trino tenía 87 mil likes, 34 mil retuits, y había generado tres trending topics. La respuesta de un senador llegó dos horas después: «El presidente gobierna a las 2 AM por Twitter mientras Colombia se hunde. Esto ya no es izquierda, es incompetencia con acento castrochavista». Otros 45 mil likes, 28 mil retuits.
¿Alguien en este intercambio abordó si la estrategia migratoria del gobierno tiene coherencia? ¿Si las comparaciones históricas son válidas? ¿Si existe alguna alternativa viable? Por supuesto que no. Eso no genera engagement.

Jürgen Habermas, filósofo alemán contemporáneo y heredero crítico de Arendt, distinguía en su Teoría de la Acción Comunicativa entre dos formas de interactuar políticamente: la «acción comunicativa», donde buscamos entendernos mutuamente a través del diálogo racional, y la «acción estratégica», donde solo queremos vencer al oponente. Lo que vemos en el teatro político colombiano es el triunfo absoluto de la segunda sobre la primera.
Pero aquí hay que hacer una distinción crucial que a veces se desdibuja en el «todos son iguales»: el presidente Petro no es equivalente a un senador de oposición. Cuando el mandatario twittea a las 2 AM, no está ejerciendo su derecho como ciudadano a opinar; está ejerciendo (o más bien, malgastando) el poder del Estado. Cuando compara a sus críticos con «lacayos del imperio» desde la cuenta presidencial, no es solo un comentario provocador más en la red; es el Jefe de Estado definiendo quiénes son compatriotas legítimos y quiénes son traidores. La asimetría importa.
Dicho esto, la oposición no queda exenta. Cuando está responde a cualquier propuesta gubernamental (desde reforma pensional hasta política de drogas) con variaciones del mismo discurso apocalíptico sobre la «destrucción de Colombia», cuando reduce argumentos complejos sobre política internacional a acusaciones automáticas de «entreguismo», está eligiendo activamente la demolición sobre la construcción. Como señalaba Arendt, «el poder solo es realidad donde palabra y acto no se han separado». En el circo político colombiano, palabra y acto se divorciaron hace rato: las palabras son meros proyectiles en una guerra de posicionamiento, mientras los actos reales (las decisiones que afectan la vida de millones) ocurren en la opacidad burocrática.
El caso de la negociación del salario mínimo 2025 lo ejemplifica. El gobierno anunció con fanfarria que «priorizaba a los trabajadores» al proponer IPC + 2%. Las redes oficialistas celebraron la victoria sobre «los empresarios explotadores». La oposición denunció «populismo que destruirá el empleo». ¿Cuántos de estos gladiadores digitales se molestaron en revisar el estudio de Fedesarrollo sobre elasticidad del empleo informal? ¿O las cifras del DANE sobre productividad laboral? ¿O la experiencia comparada de Chile con indexaciones similares?
Ninguno. Porque eso no cabe en 280 caracteres y no genera retuits.
Habermas advertía sobre la «colonización del mundo de la vida» por la lógica del dinero y el poder. En nuestro caso, hemos permitido que el debate público sea colonizado por la lógica del engagement y la viralización. Y aquí debo hacer una confesión incómoda: medios digitales como este en el que escribo también participamos de ese ecosistema. Mis columnas satíricas compiten por clics, se viralizan o mueren en el intento, generan indignación que se traduce en tráfico. La diferencia (y me aferro a ella) es que al menos intento fundamentar la sátira en argumentos verificables, no en pura provocación vacía. Pero sería hipócrita no reconocer que también surfeamos la ola que criticamos.
Arendt observaba que «la pluralidad es la condición de la acción humana debido a que todos somos lo mismo, es decir, humanos, y por tanto nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá». La pluralidad (esa diversidad de perspectivas que debería enriquecer el espacio público) se ha convertido en simple tribalismo sectario. Ya no reconocemos en el otro un igual con quien podemos discrepar productivamente, sino un enemigo a destruir digitalmente.
Y sin embargo, no todo está perdido. Existen excepciones que confirman que otro debate es posible. El reciente foro organizado por la Universidad Nacional sobre reforma a la salud logró sentar en la misma mesa a la exministra Carolina Corcho y al expresidente de Acemi, con moderación rigurosa que obligaba a ambos a responder preguntas técnicas específicas en lugar de lanzar eslóganes. Durante dos horas, hubo intercambio real de argumentos sobre financiación, redes de atención, y modelos de aseguramiento. Las transmisiones alcanzaron apenas 8 mil visualizaciones en YouTube. El trino de Petro esa misma noche sobre «mafias de la salud»: 156 mil likes.
La pregunta es: ¿por qué lo segundo aplasta sistemáticamente a lo primero?
Habermas escribió que «una opinión pública políticamente activa solo puede formarse cuando existe un público que discute». En Colombia tenemos públicos (muchos, fragmentados, encerrados en sus burbujas algorítmicas) pero ya no discuten. Se gritan mutuamente en un vacío digital donde nadie escucha realmente a nadie, donde cambiar de opinión se ve como debilidad, donde la complejidad es sospechosa y matizar es traición.
Arendt temía el ascenso de «lo social» sobre «lo político» la reducción de la política a mera administración de necesidades, despojada de su dimensión de acción libre y creación de algo nuevo. Lo que tenemos es peor: la reducción de la política a entretenimiento viral, a performance para algoritmos, a guerra de tribus digitales que se alimentan mutuamente de su odio recíproco.
¿Hay salida? Arendt no era optimista sobre recuperar espacios públicos una vez destruidos. Habermas, más esperanzado, creía posible regenerar la esfera pública a través de instituciones deliberativas sólidas parlamentos que funcionen, medios que informen en lugar de inflamar, espacios educativos donde se enseñe a argumentar en lugar de a descalificar.
Propongo algo modesto pero concreto: que los medios (incluyendo este) dejemos de amplificar automáticamente cada provocación presidencial o cada respuesta incendiaria de la oposición. Que antes de hacer viral un trino, nos preguntemos: ¿esto aporta información relevante o solo ruido? Que creemos más espacios como ese foro de la Nacional, aunque no generen tráfico masivo. Que premiemos a los políticos que se atreven a matizar, no a los que gritan más fuerte.
Sé que suena ingenuo. Probablemente lo sea. Pero la alternativa (aceptar que el coliseo digital es todo lo que nos queda) es peor que la ingenuidad. Es rendición.
Mientras tanto, Colombia debate su futuro a punta de trinos a las 2 AM y memes editados. El incendio avanza. Y nosotros (políticos, medios, ciudadanos) seguimos echándole gasolina mientras contamos los likes.
