Un colombiano descubrió que su vecino votó por el candidato equivocado y desde entonces cruza la calle para no saludarlo. Eso sí, le sigue pidiendo sal prestada por WhatsApp y comparten el mismo grupo de administración del edificio donde ambos pelean por el color de la pintura del parqueadero. Bienvenidos a Colombia, donde la polarización es tan profunda que nos divide, pero tan hipócrita que convivimos igual.
Hace 2,400 años, un griego que nunca tuvo cuenta de Twitter, que jamás vio un meme y que probablemente hubiera bloqueado a Sócrates por intenso, ya había descubierto por qué somos tan hijueputas cuando nadie nos ve. Platón contó la historia de Giges, un pastor que encuentra un anillo mágico que lo vuelve invisible. ¿Qué hace este buen hombre con semejante poder? Lo que haría cualquiera: seduce a la reina, mata al rey, se roba el trono. La pregunta filosófica era simple: ¿actuaríamos con justicia si pudiéramos hacer lo que nos diera la gana sin consecuencias?
Los griegos dejaron esa pregunta en el aire, como debate de academia. Nosotros la respondimos con hechos: Mark Zuckerberg nos dio el anillo de Giges y lo llamó «redes sociales».
Porque eso son las redes: invisibilidad moral masificada. No es que literalmente desaparezcamos, pero sí desaparece algo crucial: la obligación de mirar a los ojos a quien insultamos. El costo social de ser un imbécil. La incomodidad de enfrentar la humanidad del otro. En Twitter, Petro no es una persona, es un avatar. Uribe no es un señor de 72 años, es un trending topic. Y todos nos ponemos el anillo y sacamos lo peor de nosotros mismos con una valentía que nunca tendríamos en persona.

El guerrero de las redes sociales que todos los días escribe que «estos petristas/uribistas son el cáncer de Colombia» es el mismo que en la oficina comparte el almuerzo con tres compañeros que votaron distinto y la conversación más tensa que tienen es sobre si el arroz quedó seco. El revolucionario que en Twitter llama a «acabar con los oligarcas» es el que en la finca familiar se calla todo el fin de semana mientras el tío habla de Castro y Venezuela. La feminista radical que online denuncia al patriarcado capitalista le pide a su papá que le consigne para el arriendo.
Pónganse a pensar en esto: ¿cuántas de las barbaridades que escribimos en redes las diríamos en una cena frente a frente con alguien que piensa distinto? ¿Cuántos tendrían los huevos de llamar «terrorista» o «vendido» a alguien mirándolo a los ojos? La respuesta es: casi ninguno. Porque el anillo nos da un superpoder, pero no es la invisibilidad. Es la cobardía disfrazada de valentía.
Y lo más patético es que ni siquiera somos originales en nuestra maldad invisible. Platón ya nos había advertido: el anillo no nos vuelve malvados, solo revela la maldad que ya estaba ahí, esperando la oportunidad. Las redes sociales no inventaron la polarización colombiana, solo le quitaron el freno de tener que convivir.
Porque aquí está la trampa: en Colombia, a diferencia del pastor Giges, no podemos quedarnos invisibles para siempre.
Eventualmente tenemos que ir al supermercado, compartir el ascensor, pedirle un favor al vecino. Nos toca quitarnos el anillo. Y ahí viene la esquizofrenia: somos leones en Facebook y corderos en el mundo real. Convivimos en una doble moral donde odiamos públicamente pero transamos privadamente.
Los políticos lo tienen claro. Petro y sus contradictores se insultan en Twitter como si fueran enemigos mortales, pero en privado negocian burocracia y contratos. Se azuzan mutuamente en público porque saben que ustedes, con su anillo puesto, van a aplaudir y a retuitear y a sentirse parte de una batalla épica. Pero cuando se apagan las cámaras, cuando se quitan el anillo, son lo que siempre han sido: políticos profesionales haciendo política profesional.
Y luego están los peores: los del centro. Los que se ponen el anillo para decir que «ambos extremos son iguales», que «hay que buscar el diálogo», que «la polarización nos hace mal a todos». Estos son los más cobardes del zoológico porque ni siquiera tienen las agallas de ponerse un anillo de verdad. Se esconden detrás de una neutralidad que no existe, de una superioridad moral que no se han ganado. Critican la polarización desde la comodidad de no jugársela por nada, de no arriesgar nada, de no creer en nada. Son invisibles dos veces: primero porque se esconden detrás del anillo como todos, y segundo porque su opinión es tan insípida que ni siquiera genera el calor suficiente para una pelea. Se sienten sabios por estar «por encima de la pelea», cuando lo único que están es por fuera de cualquier cosa que importe. Al menos los polarizados creen en algo, así sea una estupidez. Los centristas tibios ni siquiera tienen esa excusa.
La pregunta de Platón era si seríamos justos sin el anillo. La respuesta colombiana está clara: ni siquiera somos justos CON el anillo puesto. Solo somos cobardes con megáfono. Somos expertos en odiar desde la distancia y convivir desde la hipocresía.
¿Qué pasaría si nos quitáramos el anillo? Si cada insulto requiriera mirarse a los ojos. Si cada descalificación tuviera que hacerse en persona. Si cada llamado a la violencia se hiciera frente a quien lo sufriría. Probablemente descubriríamos algo incómodo: que el enemigo también tiene familia, también se estresa con las facturas, también quiere que el país funcione. Que no es un monstruo ideológico sino un colombiano confundido, como todos.
Pero no. Preferimos el anillo. Preferimos la invisibilidad moral que nos permite ser valientes de mentiras y polarizados de verdad. Preferimos seguir cruzando la calle para no saludar al vecino mientras le pedimos sal por WhatsApp.
Giges usó su anillo para robar un reino. Nosotros lo usamos para algo más patético: sentirnos importantes mientras el país se hunde.
