En Colombia ya aprendimos a punta de decepciones electorales, que una consulta con demasiados candidatos puede ser dos cosas: el trampolín hacia el poder o el suicidio colectivo en cámara lenta. La llamada Gran Consulta por Colombia se vende como el mecanismo para unificar a la centroderecha, pero su primer mensaje al país es, justamente lo contrario, nueve aspirantes en un mismo tarjetón gritando «unidad» mientras compiten a mordiscos por el mismo nicho antipetro.
La Consulta de 2022 tuvo seis precandidatos y terminó con Gustavo Petro como ganador con 4.4 millones de votos. La de 2018, que llevó a Iván Duque, tuvo tres nombres en el lado del Centro Democrático. El número importa, más candidatos no necesariamente significa más legitimidad. A veces, apenas significa más ruido.
Los debates lo han mostrado con crueldad televisiva. Nueve personas intentando condensar un programa de gobierno en minuto y medio, reducidos a eslóganes intercambiables: seguridad, empleo, salud, anticorrupción, más cárceles, menos Estado gordo, más eficiencia. La homogeneidad ideológica es tal que el votante difícilmente podría distinguir a simple oído, quién habla. Las diferencias aparecen apenas como matices de tono o de biografía: el tecnócrata, la periodista indignada, el exgobernador prudente, el senador aguerrido. Es la foto de una derecha que dice estar cansada del caos, pero que se presenta al electorado exhibiendo el suyo.
La Gran Consulta agrupa al Centro Democrático, Cambio Radical, el Partido Conservador, la U y Mira, una coalición que en el papel suma varios millones de votos históricos pero que en la práctica ha mostrado graves fisuras internas. Nueve candidatos prometiendo orden es como nueve arquitectos diseñando la misma casa sin plano común: lo que sale no es una mansión, es un laberinto.
Detrás del casting multitudinario hay un dato menos visible y más corrosivo: ninguno de ellos es, por sí solo el nombre inevitable para enfrentar a Iván Cepeda y al proyecto oficialista. Las encuestas recientes según Invamer y otras firmas en los últimos meses ubican al candidato del gobierno rondando el 30% de intención de voto en primera vuelta, mientras los nombres de la derecha tradicional aparecen dispersos en porcentajes menores, casi todos en un dígito. A cierta distancia, un centro fatigado intenta recordarle al país que aún existe, aunque sin lograr por ahora, romper el duelo simbólico entre la continuidad del «cambio» y la rabia antisistema.
Pero el verdadero agujero negro de esta ecuación no está en el tarjetón de la Gran Consulta. Tiene nombre propio y está por fuera, Abelardo de la Espriella. Según las mismas mediciones, De la Espriella se mueve en la franja media de los dos dígitos, un fenómeno que recuerda el ascenso vertiginoso de figuras como Rodolfo Hernández en 2022. Abelardo pasó de ser un nombre marginal en las encuestas de hace un año a posicionarse como segunda o tercera opción nacional, construyendo su personaje precisamente contra «la clase política de siempre» lo que lo hace poco compatible, al menos en apariencia viendo la foto de club bogotano que proyectan varios de los partidos de la Gran Consulta.

La Gran Consulta no es solo una «primaria»; es también una competencia desesperada por quién se vuelve digno de pedirles algo a los otros: los votos de los perdedores y, sobre todo, la base dura de Abelardo. Porque la aritmética es brutal en su simpleza. Si cada quien insiste en llegar a la Casa de Nariño con su pequeña marca, su pequeña identidad y su pequeña ofensa personal, Cepeda puede sentarse a administrar la ventaja de un proyecto que ya tiene candidato único, relato y maquinaria.
Allí nace la primera teoría de poder que ronda en pasillos y columnas: el camino más verosímil para derrotar al candidato del oficialismo sería una triple ecuación que suena sencilla y luce casi imposible. Primero, que la Gran Consulta produzca un ganador claro, sin empate moral ni pataleo jurídico. Segundo, que los ocho perdedores se enfilen sin matices detrás de ese nombre, sin candidaturas de desquite a punta de firmas, sin listas de «soy el verdadero cambio responsable». Tercero, que Abelardo, con su voto duro y su marca incendiaria, acepte sentarse en la misma mesa con la derecha de corbata.
Los números alimentan la fantasía, pero también la ponen en contexto. En varios ejercicios de intención de voto, cuando se mira la foto de primera vuelta, el oficialismo aparece adelante, seguido por nombres del centro y figuras como Abelardo, con un pelotón en el que asoman representantes de la derecha tradicional. En simulaciones de segunda vuelta, el candidato del gobierno mantiene una ventaja cómoda sobre cualquier rival identificado hasta ahora, aunque no inalcanzable si el voto inconforme se agrupa en torno a un solo nombre. En términos fríos, un frente que combine al ganador de la consulta, el respaldo disciplinado de los derrotados y la base de Abelardo podría fabricar un competidor capaz de disputarle de verdad la Presidencia al petrismo.
El problema es que la política no se hace con sumas de Excel sino con egos y desconfianzas. De la Espriella ha dejado abierta la puerta a una «coalición de derecha» para sacar al petrismo del poder, siempre que no implique diluirse en acuerdos que lo conviertan en un invitado decorativo. Del otro lado, no son pocos los voceros de esa derecha «respetable» que proclaman a diario que jamás se aliarían con un personaje al que consideran tóxico, trumpista tropical y riesgo moral para el país. Curiosa esa exquisitez moral de última hora.
Y en medio del desorden, Álvaro Uribe observa desde su retiro forzoso, incapaz de ungir heredero sin fracturar aún más al Centro Democrático, pero también imposibilitado de mantenerse al margen mientras su partido se desangra en disputas entre Paloma Valencia, Pacho Santos y María Fernanda Cabal. El uribismo descubre tarde, que construyó un movimiento tan personalista que no sobrevive a la ausencia del caudillo.
Ahí se traba la segunda teoría de poder: la de la coalición improbable. Sobre el papel, una foto en la que aparezcan hombro a hombro, el ganador de la Gran Consulta, los perdedores sonrientes y un Abelardo disciplinado, podría ser el mensaje más contundente para un electorado cansado y pragmático, «no nos soportamos, pero preferimos soportarnos antes que seguir como vamos». En la realidad, cada uno de esos actores debe preguntarse cuánto está dispuesto a perder para ganar (teoría Maturana).
La derecha tradicional tendría que renunciar a la ilusión de vencer con un candidato «puro», de tono moderado y pedigree institucional. Abelardo debería aceptar que su camino al poder pasa por compartir escenario con quienes ha señalado como cómplices del desastre. Y los perdedores de la consulta tendrían que hacer el sacrificio más difícil en política colombiana «perder y quedarse quietos».
Pero hay un problema adicional, casi nunca mencionado, el voto de Abelardo no es voto ideológico tradicional. Es voto de rabia, de hartazgo, de «que se jodan todos». Ese electorado no se transfiere con un comunicado de prensa ni con una foto institucional. Pretender que los seguidores de De la Espriella voten disciplinadamente por un tecnócrata del establecimiento es como pedirle a un hincha del América que celebre un gol de Cali. No funciona así.
Mientras tanto, el oficialismo observa. Cepeda encarna la continuidad del «cambio» en versión parlamentaria, menos estridente que Petro y más disciplinada frente a una coalición de gobierno que, pese a sus peleas internas, ha logrado reordenarse alrededor de su nombre. Tiene un relato claro, una candidatura definida y una ventaja simbólica nada menor, él ya es el candidato de un proyecto. La derecha, en cambio, sigue discutiendo qué proyecto es. Esa asimetría explica por qué cada nuevo precandidato que se suma a la Gran Consulta no necesariamente suma votos, pero sí suma ruido a la sensación de centrifugado.
La columna vertebral del asunto es al final muy simple, la Gran Consulta solo será «gran» si termina; es decir, si produce un ganador y entierra el resto de las candidaturas. Si después del 9 de marzo vemos a los mismos nombres buscando atajos por firmas, listas alternativas o coaliciones de resentidos, habremos asistido no a una selección del liderazgo opositor, sino a una elección preliminar más en una campaña de cuatro vueltas.
Si, por el contrario, esa multitud de aspirantes logra hacer algo casi revolucionario en la historia reciente de la derecha colombiana, «perder y quedarse quietos; aceptar y respaldar; sumar incluso con quien detestan», entonces la teoría de una coalición amplia que incluya o no a Abelardo, dejará de sonar a cuento de columnista y empezará a parecerse a un plan de gobierno.
Por ahora, el país mira un tarjetón repleto de apellidos que dicen querer orden, pero que aún no logran ordenarse entre sí. La paradoja es perfecta: la posibilidad de sacar al oficialismo de la Casa de Nariño existe, pero depende de que los campeones del «yo» descubran a tiempo, la urgencia del «nosotros». Y de que por una vez, la derecha colombiana se tome en serio su propia palabra favorita «coalición».
La Gran Consulta se vende como el mecanismo para encontrar al líder que saque al país del «desastre petrista». Pero por ahora lo único que encuentra es la prueba de que la derecha colombiana sigue siendo su propio desastre. Y que tal vez, solo tal vez, el país no esté esperando a que nueve personas se pongan de acuerdo sobre quién salvará a Colombia. Quizá el país ya se cansó de esperar salvadores.
