Hoy salí a caminar con la suficiencia de quien aún se cree «en la jugada». De regreso, a paso moderado, me encontré con dos adultos mayores taponando la acera, estos mayores caminaban absortos en una charla que la verdad no debió importarme.
Intentando rebasarlos, activé el «modo Sociólogo de Barrio». Escudriñé sus bolsas: uno llevaba compras de la canasta familiar completa, el otro con insumos para el almuerzo del día. En mi cabeza, dicté sentencia contra sus familias. ¡Qué barbaridad usar a los abuelos de mulas de carga! ¡Qué desconsideración cargarles bolsas a esa edad!». Me sentía un paladín de la geriatría, un ser de luz.
Hasta que un flash me traicionó: ¿qué carajos me habían pedido que comprara?

En ese microsegundo, la realidad me cacheteó con humildad brutal. Ya soy parte de ese «club exclusivo» que solo pisa la calle por una misión, «la del mandado del día». Soy un dron de vigilancia vecinal high-tech sin capacidad de almacenamiento.
Dolorosamente me enteré que mi experticia en juzgar vidas ajenas es inversamente proporcional a mi memoria de corto plazo. Llegué a casa con la cara de salvador mundial, y las manos vacías porque mi cerebro hizo «log out», cerró cesión sin avisar frente al supermercado.
Si logran verme diseccionando sus bolsas del mercado, no se sientan juzgados, solo intento recordar si se me dijo cilantro… o si mi existencia ahora es deambular sin rumbo.
