Cuando uno ve los mapas de votación del Pacto Histórico al Congreso, hay algo que nunca se dice pero que se nota como un ruido de fondo, donde más pesa la presencia de grupos armados, más votos le caen al Pacto. No es que en Bogotá, en Medellín o en Cali les vaya mal, pero donde el Estado entra poco, donde el orden subterráneo se impone al oficial, donde el control territorial se juega en el monte y no en el Concejo, el Pacto aparece como el candidato natural.
La coincidencia es tan perfecta que casi dan ganas de felicitar a la realidad por cooperar tan bien con la narrativa.

Uno puede salir con la explicación romántica y muy clásica: pobreza, abandono, desamparo, falta de oportunidades. Y sí, todo eso existe. No niego que en esos territorios el suelo social es fértil para cualquier discurso que prometa cambio, redistribución o final de los abusos del Estado. Pero resulta que, entre esos discursos que resuenan fuerte ahí, también está la izquierda que nunca tuvo reparo en sentarse al lado de las FARC, a hablar de ellas como si fueran una “columna política” más que una amenaza armada.
Y en medio de ese paisaje, uno de los nombres que no se borra es el de Iván Cepeda, el mismo que siempre ha caminado al lado de la izquierda más ortodoxa, el que nunca se esforzó en disimular que ve en la antigua guerrilla una pieza legítima del proyecto político, no solo un recuerdo incómodo del pasado. No hay nada ilícito en tener amigos, pero en política los amigos vienen con historial pegado a la suela del zapato. Y el historial de algunos de esos amigos es, precisamente, el de una organización que hoy se llama Segunda Marquetalia y que, según la Fiscalía General de la Nación, pensó y ordenó el asesinato de Miguel Uribe. Y es justo ahí, cuando uno empieza a unir puntos, llega la versión oficial, la Fiscalía dice que la Segunda Marquetalia habría sido la autora intelectual y material del magnicidio del senador Uribe. No la derecha con sus odiadores, no un grupo de uribistas enloquecidos, no el “mercado negro del odio político online”.
La pieza que aparece de nuevo en escena es la guerrilla que nunca terminó, la que se quedó en el monte, armada, organizada, con nombre de bautizo y con historial de magnicidios. Y flota ahí, como una nube sobre la misma izquierda que se escandaliza, que exige justicia, que exige renuncias, pero sin revisar muy de cerca qué tan delgada es la línea entre “aliado político” y “territorio compartido”.
Uno puede decir que son coincidencias, que son historias que no se tocan, que todo es mucho más complejo. Y claro, en el papel, todo es mucho más complejo. Pero en los municipios donde el Pacto se impone, donde Iván Cepeda tiene sus amistades de siempre, y donde la Segunda Marquetalia manda el orden del día, el doble sentido se vuelve casi un sentido único.
No acuso, no califico, no equivoco causa y efecto.
Solo miro el mapa, sumo los votos, reviso las amistades y leo el informe de la Fiscalía.
Y concluyo lo de siempre, «aquí vimos tan negro… que nos gustó que el resto no viera tan bien como nosotros».
Esto no es más que una opinión personal, aclaro, pero con una larga lista de amigos que tienen una reputación política… tan limpia como un contrato de la guerrilla.
