La explotación de un capital cultural que no les pertenece, le ha dado al Pacto Histórico primero con Petro y ahora con Cepeda, una poderosa bandera comunicacional para vender un cambio que nunca llega al poder real.
En 2022, el Pacto se colgó del discurso de inclusión, reparación y representación de los históricamente excluidos usando a Francia Márquez como fórmula vicepresidencial. No fue solo una candidatura, fue un reclamo simbólico. Por primera vez, una mujer afro, pobre, rural, feminista y ambientalista ocupaba el segundo lugar de la boleta. Pero aunque ese capital cultural afro, indígena, popular y feminista le sirvió al Pacto para llegar a la Casa de Nariño, Francia nunca se convirtió en árbitro real de seguridad, economía, territorialidad o inversión. Su figura operó más como pantalla moral que como centro de decisión.

Hoy el libreto se repite con nuevos actores: Iván Cepeda candidato a la presidencia, pone a Aída Quilcué como fórmula vicepresidencial, otra líder indígena históricamente negada, con un pasado de victimización y resistencia en el Cauca.
El relato es idéntico «No somos el poder tradicional, nosotros llevamos a una indígena en la fórmula. Somos los que representan a los que siempre se quedaron afuera.»
Pero, como ocurrió con Francia, el riesgo es que Aída también se convierta en símbolo desechable, útil para ganar votos y emocionar a quienes se sienten históricamente marginados, pero sin poder real para decidir sobre el extractivismo, la política fiscal, la seguridad territorial o la autonomía indígena. Los grupos indígenas y las comunidades que se reivindican como autónomas celebran ver a una de las suyas en el centro del escenario político, lo que no ven o no quieren ver es que esa alegría es parte de la misma maquinaria. El Pacto se apropia del dolor, la historia y la identidad étnica para vender un espectáculo de inclusión, luego convierte a los sectores históricamente excluidos en público emocional que aplauden, se sienten representados y simplemente vuelven a votar. El poder real no cambia de manos.
En ambos casos, el verdadero objetivo no es redistribuir el poder sino extraer rédito del capital cultural ajeno para garantizar el ingreso y permanencia en Casa de Nariño.
