​La Neurona Solitaria y el Síndrome del Textil Sagrado

Por: Guillermo Saa


¡Paren todo! Detengan las prensas, suspendan las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional y manden a vacaciones forzadas a las comisiones de acusaciones. La República de Colombia, ese platanal incombustible que amamos y padecemos, por fin ha resuelto el verdadero y más acuciante problema de su historia republicana, el uso indebido de la sagrada e inmaculada tela de poliéster amarillo, la camiseta de la selección colombiana de fútbol.

En una muestra de eficiencia jurídica que ya envidiarían en Suiza, la justicia penal municipal de Bogotá ha salido al rescate de la patria. El enemigo público número uno ya no es el microtráfico, ni la corrupción de cuello blanco, ni las disidencias que juegan al billar con la seguridad nacional. No, señor. El peligro inminente que amenazaba con disolver los cimientos de la democracia era la indumentaria de Abelardo de la Espriella.

El Milagro del Pensamiento Único

Hay que quitarse el sombrero vueltiao ante el accionante de esta tutela. Imaginen el nivel de sofisticación cognitiva, la pureza virginal de esa neurona solitaria que habita en su caja craneana, la cual, tras ver un video político, sufrió un trauma tan severo que lo olvidó a correr a los despachos judiciales. El hombre se sintió «discriminado y estigmatizado» porque un candidato de oposición se puso la camiseta de la Selección Colombia.

Es una lógica enternecedora:

“Si Abelardo se pone la amarilla, y yo soy petrista y también tengo la amarilla, entonces Abelardo me está expropiando espiritualmente mi derecho a gritar los goles de Luis Díaz”.

Y la judicatura, que de ordinario tarda tres años en resolver si un ciudadano tiene derecho a que su EPS le entregue un par de paracetamol, falló a la velocidad de un contragolpe. Una togada, inspirada seguramente por las musas del activismo de Twitter, decretó que la camiseta de Adidas solo se puede usar en «contextos deportivos».

¡Magistral! Acabamos de inaugurar la doctrina del Derecho Policivo de la Moda. A partir de mañana, exijo que la Policía Metropolitana capture en flagrancia a cualquier cristiano que ose ir a un asado dominical, a un centro comercial o a una cita de odontología con la camiseta de la Selección. Si usted está atrapado en el trancón de la Boyacá a las dos de la tarde portando la prenda sin estar sudando en una cancha o con un balón bajo el brazo, sepa que está cometiendo un delito de lesa patria según la jurisprudencia del sentimentalismo.

El Contrato de Esclavitud del Ídolo (O el derecho al selfi obligatorio)

Y es que el delirio colectivo nacional ha parido una nueva y fascinante teoría del derecho civil, la expropiación del cuerpo del famoso. Según la jurisprudencia de las redes sociales, cuando un futbolista firma un contrato millonario, automáticamente cede los derechos de su sistema musculoesquelético al inventario del Estado. El deportista ya no es un ser humano con libre albedrío, derecho al mal genio ( como vivo yo) o simple afán de ir al baño, es un bien público, una especie de cajero automático de selfis en el que cualquier ciudadano por el solo hecho de pagar impuestos o portar un apellido ilustre, tiene derecho a abrir su cámara y exigir una sonrisa de catálogo. Pretender que un desaire de pasillo es un asunto de Estado es olvidar que las figuras públicas son empleados del entretenimiento, no esclavos coloniales obligados a congelar la mandíbula ante cada espécimen que se les tropiece en una pista de aterrizaje. Si la cortesía fuera un deber legal portable en el uniforme, a los futbolistas habría que judicializarlos por abandono cada vez que no se quedan a dormir en el aeropuerto firmando autógrafos.

El Despido Coctelero del Emigrante Político

Pero es que el virus de la sandez es altamente contagioso y no respeta fronteras. Mientras en Bogotá la toga legisla sobre pasarelas, en España un seguidor del Gobierno, militante de la diáspora que vive la ‘paz total’ desde la comodidad del euro y las tapas madrileñas, anunció su ruidosa renuncia a la nacionalidad futbolística. (Ridículo)

Su argumento es una joya de la sociología del trauma, como James Rodríguez no se tomó la foto con Antonella Petro en CATAM, él ahora apoyará a Portugal.

¡Qué desplante tan geopolítico! Tiembla la Federación Colombiana de Fútbol ante la pérdida de tan ilustre activo. Me imagino a James deprimido en el camerino, incapaz de dormir, pensando: “Por no sonreírle a la hija del jefe, perdimos a un tuitero en España”. Ahora este buen samaritano celebrará los goles de Cristiano Ronaldo, un hombre ampliamente conocido en el planeta entero por su humildad franciscana, su desinterés por la imagen comercial y su profundo compromiso con las causas del progresismo latinoamericano. Coherencia pura.

El Retorno a la Realidad (Si es que queda una)

Lo fascinante de toda esta comedia es ver cómo el poder político y sus huestes necesitan desesperadamente el fetiche. Como la realidad no les cuadra, con la economía marchando a paso de tortuga renga y la seguridad convertida en un vago recuerdo nostálgico, han decidido que la batalla se libra en los roperos y en los álbumes de fotografías.

Si la hija del presidente quiere una foto, el ciudadano James Rodríguez tiene la obligación constitucional de congelar su rostro en una sonrisa perfecta, so pena de ser catalogado como enemigo del pueblo. Y si un candidato de derecha quiere hacer campaña, debe hacerlo en guayabera o abrigo, porque la camiseta amarilla ha sido declarada por orden judicial como un «bien de uso exclusivo de la hinchada apolítica» (un espécimen que, por lo demás, no existe en este suelo).

Así estamos. Con las cortes persiguiendo camisas y los fanáticos cambiando de patria por un selfi frustrado. Mientras tanto, la neurona solitaria del país descansa tranquila, celebrando que, por fin, la indumentaria de la Selección está a salvo de las garras de la ideología. ¡Qué alivio! Ya podemos dormir en paz… si es que no nos roban la cobija por no tener el logo de la Federación.

«Yo aún tengo la típica cinco tigres»

Publicado por Guillermo Saa M

Soy una neurona que se negó a morirse de aburrimiento en Colombia y ahora escribe columnas para documentar la decadencia con sarcasmo, datos y mala leche bien administrada

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