Hay una ironía suprema, casi poética, en ver a los profesionales de la «progresía» y la «inclusión» transformarse, sin un solo gramo de vergüenza, en los capataces de un nuevo tipo de esclavitud, la del pensamiento. El reciente mandamiento dictado en tarima por Luis Gilberto Murillo, sentenciando que «afro que se respete no vota por la derecha», no es un simple patinazo de campaña, es la confesión abierta de un modelo político que no concibe al individuo si no es sometido al redil del rebaño colectivo.
Para estos estrategas del resentimiento, la diversidad es un adorno muy útil para los discursos internacionales, pero una amenaza intolerable en el tarjetón. Nos han querido vender la idea de que la libertad consiste en elegir un nuevo color para las cadenas, siempre y cuando el eslabón final esté amarrado al poste de su ideología.

Resulta insultante que en pleno 2026 tengamos que recordarle a un caído aspirante presidencial (que además posaba de «independiente» y «ajeno a las etiquetas») que la melanina no viene con un software ideológico preinstalado de fábrica. Condicionar el «respeto» o la dignidad de un ser humano a la casilla que marque en el cubículo electoral es un acto de racismo condescendiente disfrazado de reivindicación social. Es el burdo intento de endosar en bloque el pensamiento de millones de ciudadanos, tratándolos como una masa homogénea e incapaz de discernir por cuenta propia, con el único fin de alimentar el apetito burocrático de una causa.
Desde la más estricta ortodoxia constitucional, el voto en Colombia es un derecho sagrado, secreto y, sobre todo, libre (Art. 258 C.P.). Y esa libertad no pide permiso ni color de piel. Un ciudadano negro, raizal o afrodescendiente se respeta a sí mismo cuando ejerce su libre albedrío, cuando decide, en la intimidad de su conciencia, si le da la gana de ser de izquierda, de centro, de derecha, apolítico, o si prefiere mandar a todo el espectro político al demonio. Su dignidad radica en su condición de persona humana libre e igual ante la ley (Art. 13 C.P.), no en el cumplimiento de una cuota ideológica para complacer el mesianismo de turno.
Señor Murillo, el veredicto de la historia y del derecho es inapelable, la verdadera emancipación no consistió en cambiar de amo para ahora pedirle permiso a una corriente política sobre cómo debemos pensar. Al intentar amordazar la mente de su propia comunidad bajo el yugo de un dogma, el único que ha quedado expuesto ante el país como un prisionero de sus propios complejos es usted. La plantación ideológica se cerró hace mucho tiempo, lástima que usted sea el último en enterarse.
