EL MANUAL DE CORDURA POLÍTICA COLOMBIANA

Qué delicia es vivir en este platanal con ínfulas de república, donde el debate político no se nutre de argumentos, sino de un agudo y muy conveniente sentido de la oportunidad. Es fascinante ver cómo funciona la báscula de la moral criolla: un artefacto tan sofisticado que es capaz de pesar un gramo de herencia colonial con la gravedad de un cataclismo, mientras disuelve toneladas de fusiles contemporáneos en el bendito pozo de la » buena voluntad».

Tomemos, por ejemplo, el deporte nacional de esculcar el árbol genealógico ajeno. A Paloma Valencia le montaron un tribunal de Nuremberg retroactivo. Resulta que la senadora debe pedir perdón, de rodillas y en plaza pública, porque en el siglo diecisiete un tatarabuelo de su tatarabuelo tenía tres hectáreas y un esclavo. ¡Qué horror! La responsabilidad penal en Colombia ya no es individual, ahora es epigenética y se transmite por el apellido. Lo curioso es que los mismos jueces de X (Twitter) que exigen que Paloma pague por los pecados de la época de la Nueva Granada, son los que firman con mano alzada el «borrón y cuenta nueva» para los muchachos del monte. Para los abuelos de la derecha, ni olvido ni perdón, para los parceros de la izquierda, curules en el Congreso y un abrazo fraternal. El pasado es imperdonable, a menos que se haya cometido en este siglo y con camuflado.

Luego tenemos el drama del derecho a la defensa, ese concepto tan incomprendido por la masa. A Abelardo de la Espriella le caen encima porque, en su indigno oficio de… bueno, de abogado, se le ocurrió la osadía de defender a gente con el pasado más oscuro que una noche sin luz, ni velas ni luna ¡Habráse visto semejante descaro! Confundir al penalista con el cliente es la especialidad de nuestra selecta feligresía digital. Asumen que si el abogado gana el caso, se queda con las vacas del despojo o con las caletas de DMG bajo el colchón. Pero claro, en el imaginario popular, el éxito profesional de un abogado de derecha es «complicidad criminal», mientras que el activismo judicial de otros es «defensa de los derechos humanos». La ley es para los de ruana, y el código penal se aplica según el sastre que te vista.

Y en la cúspide de este olimpo de la coherencia, brilla con luz propia el senador Iván Cepeda. Él no tiene amigos cuestionables; él tiene «interlocutores válidos para la construcción de la paz». Mientras la foto de un político tradicional con un ganadero sospechoso es prueba reina de un concierto para delinquir, las selfis de Cepeda sonriendo con los comandantes que hasta hace nada reclutaban menores y sembraban minas son, en realidad, «gestos humanitarios de alta costura política». Es una semántica maravillosa: lo que en la derecha es complicidad, en la izquierda es diplomacia social. Los muertos de unos son tragedias nacionales; los muertos de los otros son… «daños colaterales del romanticismo revolucionario».

En conclusión, para no agitarme más con este circo de hipocresías, la política colombiana es un buffet donde cada quien escoge la indignación que mejor combine con su corbata. Las tierras de los tatarabuelos de unos pesan más que las masacres frescas de los amigos de otros. Así que, querido lector, no se complique, si va a ser amigo de un delincuente, asegúrese de que tenga un discurso de justicia social. Así, en lugar de ir a la picota, terminará en una comisión de la verdad dictando cátedra de moral. ¡Salud por el cinismo!

Publicado por Guillermo Saa M

Soy una neurona que se negó a morirse de aburrimiento en Colombia y ahora escribe columnas para documentar la decadencia con sarcasmo, datos y mala leche bien administrada

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